Reflexionando sobre la LOMLOE y la realidad educativa.

 

A estas alturas del curso todos hemos escuchado las siglas LOMLOE tantas veces que casi forman parte de nuestra banda sonora diaria. Sin embargo, sentados en las aulas de la facultad, es fácil caer en la trampa de ver la ley como unn simple esquema de conceptos teóricos que memorizar para el próximo examen. La verdadera cuestión no es qué dice la ley, sino qué está pasando realmente cuando esa ley cruza la puerta de un colegio de primaria. 

Lo primero que salta a la vista cuando hablamos con docentes en activo o cuando emepzamos a analizar la normativa desde una perspectiva crótica, es la enorme brecha que existe entre la teoría y la práctica. Siguiendo la teoría, la LOMLOE es una invitación al optimismo, ya que habla de inclusión, de competencias para la vida y de una educación que no deja a nadie atrás. Es como la escuela que muchos de nosotros soñamos cuando decidimos matricularnos en esta carrera. Pero la realidad en las aulas es mucho más compleja. La aplicación de conceptos como las situaciones de aprendizaje o el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA) requiere de bastante tiempo y de unos recursos que, desgraciadamente, no siempre se pueden tener. 

Resulta casi paradójico que pidamos a los docentes que personalicen la enseñanza hasta el extremos de cuando las ratios siguen siendo muy elevadas y el peso de la burocracia parece asfixiar cualquier intento de creatividad  en las aulas y en las metodologías en general. Muchos maestros se encuentran hoy condicionados por la complejidad burocrática de la LOMLOE, tratando de encarjar experiencias de aprendizaje vivas y creativas dentro de descriptores operativos, competencias específicas y perfiles de salida que pueden ser registrados y evaluados formalmente. Aquí es donde nosotros, como futuros profesionales, debemos reflexionar sobre si estamos diseñando herramientas para mejorar el aprendizaje o simplemente estamos cambiando la forma de etiquetar lo de siempre.



La reflexión más profunda que debemos hacernos en este primer año de carrera es si la LOMLOE es realmente el motor de cambio que necesitamos o si el cambio real depende de algo que ninguna ley puede imponer, es decir, de la mirada del maestro. 

La ley ofrece el marco, nos habla de una educación competencial y humana, pero la aplicación real en el aula depende de la formación, de la vocación y, sobre todo, de la capacidad de los centros para adaptarse a un mundo que va mucho más rápido que los decretos. A menudo, el maestro de los tiempos de ahora no es aquel que mejor domina la ley, sino aquel que, a pesar de las dificultades administrativas, consigue que el aula siga siendo un espacio de posibilidades y de exploración.

No podemos ignorar que la implementación de esta ley está generando una fatiga docente que no debemos subestimar. Ver la LOMLOE desde la barrera de la universidad nos permite ser idealistas, y eso creo que es bueno, pero no debemos perder de vista que el éxito de cualquier reforma educativa depende, en gran medida, de las condiciones reales en las que trabajan los docentes. Con esto me refiero a que si los profesores están saturados, sobrecargados de burocracia o sin recursos ni tiempo, entonces difícilmente la reforma educativa tendrá buenos resultados, aunque las intenciones sean las mejores.

La reflexión final que os lanzo a todos los que compartís conmigo estos primeros pasos en la carrera es si seremos capaces de de mantener vivo el espíritu de la inclusión y la innovación cuando nos toque enfrentarnos a la realidad de un aula con veinticinco realidades diferentes y un reloj que nunca para de correr.  



Al final, más allá de las siglas y las leyes, lo que quedará en las aulas será nuestra capacidad para conectar con nuestros alumnos, algo que , afortunadamente, no depende solo de lo que diga el último boletín oficial.


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