La redes sociales: conectar con todos, desconectar contigo mismo.
Vivimos en una época en la que todo pasa a través de una
pantalla. Hoy nos despertamos y lo primero que hacemos es mirar el móvil. Antes
incluso de levantarnos, ya hemos visto las historias de Instagram, mensajes
pendientes, vídeos de tik tok o publicaciones de gente a la que probablemente
ni siquiera conocemos en persona. Las redes sociales se han convertido en una
parte tan normal de nuestra rutina que muchas veces ni nos damos cuenta del
tiempo que pasamos en ellas o de cómo afectan a nuestra manera de pensar sentir
y relacionarnos.
Como una chica de 18 años que soy, siento que pertenezco a
una generación que prácticamente ha crecido junto a las redes sociales. Recuerdo
que mi primera red social, si es que se puede considerar red social, hoy fue Video
Star. Esta aplicación fue el precedente
de Musical.ly, que esa seguro que la tenéis más vista.
Más adelante, tuve Hangouts, seguro que la mayoría de
vosotros también lo teníais. Al fin y al cabo, era como si tuviésemos WhatsApp,
yo me sentía como mis padres, igual de mayor.
Luego tuve las más conocidas: Musical.ly (que actualmente es
tik tok) e Instagram.
Por lo tanto, podría decir que he vivido desde cierta edad
rodeada de pantallas, filtros, likes, tendencias y comparaciones constantes, y
eso que yo no tuve móvil hasta primero de la eso. Y aunque es verdad que tienen
muchísimas cosas positivas, también creo que pocas veces hablamos de cómo nos
afectan de verdad.
No voy a decir que las redes sociales sean malas, porque si
haces un uso coherente de ellas no lo son, o eso creo. Gracias a ellas
mantenemos el contacto con personas que viven lejos de nosotros, descubrimos
información muy útil, aprendemos cosas nuevas e incluso podemos llegar a
encontrar espacios donde nos sentimos comprendidos. Muchas veces también sirven
como una forma de entretenimiento o desconexión después de un día pesado en la
Universidad. El problema aparece cuando dejamos que ocupen demasiado espacio en
nuestra vida o cuando empezamos a medir nuestro valor a través de lo que vemos
en internet.
Creo que una de las cosas más peligrosas de las redes
sociales es la comparación constante a la que nos estamos sometiendo. Entramos
5 minutos a Instagram o a tik tok y parece que todo El Mundo tiene una vida
perfecta: gente viajando, estudiando sin estrés, siendo productiva todo el
tiempo, con relaciones increíbles, cuerpos perfectos y una felicidad permanente.
Y aunque sabemos racionalmente que la mayoría solo muestran la mejor parte de
sus vidas, es inevitable que nos comparemos algunas veces.
A mí me pasa mucho especialmente en épocas de estrés. Cuando
tienes un mal día, estás cansada o sientes que no estás avanzando, abrir las
redes sociales puede hacer que todo parezca aún peor. Ves a personas
aparentemente exitosas y felices mientras tú estás intentando sobrevivir a mil
trabajos, exámenes y problemas personales. Y, de repente, sin darte cuenta,
empiezas a sentir que no haces suficiente o que tu vida no es tan interesante.
Pero la realidad es que las redes muestran momentos no vidas
completas, nosotros solo vemos lo que quieren que veamos.
Nadie sube las veces que llora, las discusiones la ansiedad
antes de un examen, las inseguridades, por los días en los que no pueden más. Y,
aun así, acabamos creyendo que los demás viven mejor que nosotros porque solo
vemos la parte bonita de sus vidas.
Además, siento que las redes sociales han cambiado muchísimo
nuestra forma de relacionarnos. Ahora parece que todo tiene que compartirse. Si
no subes algo, da la sensación de que no ocurrió. Cuántas veces me habrá pasado
que estoy hablando con mi amiga y nos damos cuenta de que alguien lleva mucho
tiempo sin subir una historia con su pareja, nos metemos en su perfil, y, de
repente, ya no tienen nada juntos. O darnos cuenta de que alguien no está bien
por le simple hecho de que lleva mucho tiempo sin subir nada. Esto,
sinceramente, me parece muy fuerte, pero es la realidad en la que estamos sumergidos.
Muchas veces vivimos pensando más en cómo se verá un momento en una historia
que en disfrutarlo realmente, y eso da bastante miedo. Un ejemplo muy claro es
en un concierto. Tú vas a un concierto y todo el público está grabando, pocos
son los que van realmente a disfrutar del concierto teniendo su móvil guardado
en el bolsillo.
También noto que cada vez nos cuesta más desconectar.
Siempre estamos disponibles, pendientes de responder mensajes, de mirar
notificaciones o de enterarnos de lo último que pasa. Incluso cuando queremos
descansar, acabamos haciendo scroll en tik tok durante horas sin darnos cuenta.
Es como si hubiéramos olvidado lo que significa aburrirse o simplemente estar
tranquilos sin estímulos constantes.
Y creo que esto afecta muchísimo a nuestra salud mental. Vivimos
saturados de información, opiniones y contenido constante. Todo el tiempo
estamos viendo vidas ajenas mientras intentamos construir la nuestra. A veces
incluso sentimos presión por ser productivos las 24 horas del día. En tik tok
parece que todo El Mundo estudia 8 horas diarias, va al gimnasio, tiene tiempo
para socializar, cuidar su salud mental y además verse perfecto. Y cuando tú no
puedes con todo eso, aparece la frustración.
Como estudiante de educación primaria y pedagogía, hay algo
que me hace reflexionar mucho: el impacto que tendrán las redes sociales en los
niños y adolescentes que están creciendo ahora. Si nuestra generación ya ha
sentido tanta presión, comparación e inseguridad, ¿cómo afectará esto a quienes
empiezan a usar redes desde edades cada vez más tempranas?
Creo que uno de los grandes retos de la educación actual
será enseñar a los niños a tener una relación sana con la tecnología y las
redes sociales. No se trata de prohibirlas, porque forman parte del mundo
actual, sino de aprender a utilizar las sin que definan nuestra autoestima o
felicidad.
Necesitamos enseñar pensamiento crítico, autoestima y
educación emocional desde pequeños. Que un niño entienda que un like no define
su valor, que no hace falta tener una vida perfecta para ser válido, que
descansar también es muy importante, y, que internet, no siempre refleja la
realidad.
Aún así, también quiero destacar la parte positiva de las
redes sociales, porque existe. Gracias a ellas muchas personas se encuentran
apoyo emocional, crean amistades, comparten experiencias y descubre en
comunidades donde sentirse comprendidas. También han dado voz a temas
importantes relacionados con la salud mental, la educación, el feminismo o
problemas sociales que antes apenas te hablaban.
El problema no son las redes en sí, sino el uso que hacemos
de ellas y el poder que les damos sobre nosotros.
Por eso creo que es importante aprender a poner límites. A
veces necesitamos dejar el móvil un rato, salir a caminar, hablar cara a cara
con alguien o simplemente vivir momentos sin necesidad de publicarlos.
Necesitamos recordar que nuestra vida no tiene que parecerse a la de nadie.
No somos menos interesantes por no viajar cada mes, no tener
miles de seguidores o no vivir constantemente experiencias “dignas de publicar”.
La vida real también está en los días normales: estudiar en la biblioteca,
tomar algo con los amigos, volver cansada a casa o reírse por pequeñas
tonterías.
Y sinceramente, creo que estamos tan acostumbrados a
intentar mostrar siempre nuestra mejor versión que se nos está olvidando lo importante
que es ser reales.
Las redes sociales pueden conectar muchísimo a las personas,
pero también pueden hacernos desconectar de nosotros mismos si no tenemos
cuidado. Por eso pienso que aprender a usarlas de manera sana es algo
fundamental para nuestra generación y para las que vienen detrás.
Porque al final, detrás de cada pantalla, seguimos siendo
personas. Personas con inseguridades, problemas, emociones y días malos. Y
quizá recordar eso más a menudo haría que nos compararemos menos y nos
entendiéramos un poco más.
Comentarios
Publicar un comentario