La motivación y la educación emocional: dos cosas que deberían ser fundamentales en las aulas.

 

Cuando pensamos en educación, normalmente lo primero que se nos viene a la cabeza son asignaturas, exámenes, deberes, notas o profesores explicando una asignatura en una clase. Sin embargo, muchas veces olvidamos algo muy importante, que detrás de cada alumno hay una persona con emociones, problemas, inseguridades motivaciones y situaciones personales completamente diferentes.

Durante años, gran parte del sistema educativo se ha centrado principalmente en los resultados académicos. Se da mucha importancia a memorizar contenidos, cumplir objetivos y sacar buenas notas. Pero pocas veces se habla realmente de cómo se sienten los estudiantes o de cómo las emociones afectan directamente al aprendizaje.

Y la realidad es que aprender no depende únicamente de la inteligencia o del esfuerzo. Las emociones y la motivación tienen un papel muchísimo más importante de lo que muchas veces nos pensamos.

Un alumno que se siente inseguro, desmotivado o emocionalmente mal, difícilmente podrá concentrarse igual que alguien que se siente tranquilo y apoyado. Sin embargo, muchas veces se espera que todos los alumnos rindan exactamente igual sin tener en cuenta lo que pueden estar viviendo cada uno de ellos.

Por eso considero que la educación emocional debería tener un lugar mucho más importante dentro de las aulas. La educación emocional consiste, entre otras cosas, en aprender a reconocer, comprender y gestionar nuestras emociones. También implica desarrollar empatía, autoestima, habilidades sociales y herramientas para afrontar situaciones difíciles.

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Y aunque pueda parecer algo secundario frente a las asignaturas que se consideran más importantes como lengua o matemáticas, en realidad influye directamente en prácticamente todos los aspectos de la vida.

Un niño que aprende a gestionar la frustración probablemente afrontará mejor los errores. Un adolescente que sabe expresar lo que siente tendrá más facilidad para pedir ayuda cuando la necesite. Y un estudiante con una autoestima sana tendrá más confianza en sus capacidades, lo que le permitirá intentar y lograr más cosas.

No obstante, durante mucho tiempo las emociones han quedado bastante apartadas dentro del sistema educativo, seguro que pocos de nosotros hemos tratado el tema de la educación emocional en la etapa de primaria. En muchos casos parece que lo único importante es el rendimiento académico, como si los estudiantes pudieran separar completamente lo emocional de lo académico, y todos sabemos que eso no funciona así.

Las emociones afectan a la atención, la memoria, la concentración y la motivación. Cuando una persona está pasando por un mal momento emocional, estudiar se vuelve muchísimo más difícil. Y, aun así, muchas veces esto no se tiene suficientemente en cuenta.

Creo que uno de los grandes problemas actuales es que muchos estudiantes viven constantemente bajo presión. Presión por sacar buenas notas, por cumplir expectativas, por decidir su futuro demasiado pronto o por compararse continuamente con los demás.

Y a eso se suma todo lo que ocurre fuera de las aulas, como problemas familiares, inseguridades, ansiedad, miedo al fracaso o dificultades personales que muchas veces pasan desapercibidas y nadie se da cuenta.

Por eso la educación emocional no debería verse como un complemento opcional, sino como una necesidad real.

Que enseñar matemáticas o historia es importante, pero enseñar a una persona a entenderse a sí misma también lo es.

Además, muchas veces se habla de motivación como si fuera algo simple. Mucha gente dice frases como “si quieres puedes” o “solo tienes que esforzarte más", pero la motivación es mucho más compleja de lo que parece, no funciona igual todos los días.

Hay momentos en los que una persona puede sentirse llena de energía y con ganas de aprender, hoy mientras que otros días puede sentirse agotada o desanimada simplemente, y eso es normal, nos pasa a todos.

Sin embargo, muchas veces el sistema educativo parece diseñado pensando que todos los estudiantes deberían mantener siempre el mismo nivel de rendimiento y productividad, y eso genera mucha frustración.

 

Porque cuando alguien pierde la motivación, en lugar de preguntarnos qué le está pasando a esa persona o en cómo podemos ayudarle, normalmente simplemente la etiquetamos como una persona vaga o poco trabajadora. Pero detrás de la desmotivación muchas veces hay un cansancio emocional o una sensación de no sentirse capaz.

Por eso motivar no debería consistir únicamente en exigir resultados, sino también en crear espacios donde los estudiantes se sientan comprendidos, valorados y seguros.

Un alumno aprende mucho mejor cuando siente que puede equivocarse sin miedo, y esto es algo muy importante que debemos tener en cuenta. El miedo constante al error puede destruir la motivación de muchas personas.

Cuando el sistema educativo se centra demasiado en las notas y en penalizar los fallos, muchos estudiantes terminamos estudiando únicamente por miedo a suspender, no por interés real en aprender. Eso hace que el aprendizaje se convierta en una obligación en lugar de una experiencia significativa.

En cambio, cuando existe una motivación auténtica, aprender y cambiar por completo. Las personas participan más, tienen curiosidad por las cosas y disfrutan del proceso. Normalmente esos aprendizajes permanecen mucho más tiempo en nuestras cabezas.

Aquí es donde los profesores tienen un papel fundamental. Un profesor no solo transmite conocimientos, también puede influir muchísimo en la motivación y la autoestima de los alumnos. Muchas personas recuerdan durante años a profesores que les hicieron sentir capaces o que despertaron interés por aprender. Pero también ocurre lo contrario. Comentarios negativos, comparaciones constantes o métodos demasiado rígidos pueden afectar muchísimo a la confianza de un estudiante. Por eso enseñar no debería limitarse únicamente a explicar contenidos.

Educar también implica acompañar emocionalmente, escuchar y entender que cada alumno vive realidades distintas.

  

Además, creo que actualmente la educación emocional es todavía más necesaria por cómo ha cambiado la sociedad. Vivimos en un mundo muy rápido, lleno de estímulos, presión social y comparaciones constantes.

Nuestros jóvenes sienten ansiedad por el futuro, miedo a no ser suficientes o presión por no ser productivos todo el tiempo. Y aunque cada vez se habla más de la salud mental todavía hace falta mucho trabajo dentro de las aulas.

Sería muy importante que desde pequeños se enseñarán herramientas emocionales básicas como aprender a gestionar la frustración, a comunicar emociones, al resolver conflictos o a cuidar la autoestima, porque muchas veces sabemos resolver ejercicios matemáticos complejos, pero no sabemos manejar nuestras propias emociones. Y eso demuestra que algo sigue faltando.

También pienso que la educación emocional ayudaría muchísimo a mejorar la convivencia en las escuelas. Problemas como el acoso escolar, la falta de empatía o la violencia muchas veces tienen relación con dificultades emocionales mal gestionadas.

Cuando las personas aprenden a entender sus emociones y las de los demás, las relaciones también mejoran.

Además, enseñar educación emocional no significa dedicar una hora específica a hablar de sentimientos y ya está. Debería formar parte de toda la dinámica educativa, ya sea en la manera de comunicarse, de corregir errores, de motivar y de relacionarse con los estudiantes.

Porque al final las emociones están presentes constantemente, aunque muchas veces las intentamos ocultar e ignorar.

Y algo parecido ocurre con la motivación. No se trata de motivar con frases bonitas o recompensas temporales, ya que como bien hemos visto en la asignatura de Psicología de la educación, con los refuerzos solo conseguimos matar la motivación intrínseca del alumno. Hoy en vez de eso tenemos que tratar de crear entornos donde los alumnos sientan que aprender tiene sentido y puedan sentirse capaces.

Creo que uno de los mayores retos de la educación actual a los que nos vamos a tener que enfrentar nosotros es precisamente humanizar más las aulas.

Entender que los alumnos no son máquinas que memorizan información, sino personas en pleno proceso de crecimiento personal, emocional y social, es una idea fundamental que debemos tener siempre muy presente en nuestras cabezas a la hora de enseñar.

Hoy muchas veces se exige muchísimo a los estudiantes y enseñarles cómo gestionar esa presión, y de esta manera lo único que conseguimos es que generan en ellos una sensación de ansiedad, agotamiento y desmotivación.

Por eso la educación emocional y la motivación deberían ocupar un lugar mucho más importante dentro del sistema educativo. Porque no solo influyen en las notas, sino también en el bienestar y el desarrollo personal de los estudiantes.

Y probablemente un alumno que se siente escuchado, valorado y emocionalmente seguro aprenderá mucho más que uno que solo estudia por obligación o por miedo.

Al final, la educación debería ayudar a formar personas, no solo estudiantes. Personas capaces de pensar, de aprender, de relacionarse y de gestionar lo que sienten. Personas que entiendan que equivocarse no significa fracasar y que su valor no depende únicamente de una calificación. Porque aprender es importante, pero más importante es aprender sintiéndose bien emocionalmente.

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